Soy un peluquín. No todos los peluquines han vivido hechos singulares como los míos. Aventuras o desventuras con las que el destino me señaló.
Antes de ser peluquín, por cierto, fui cabellera. Había crecido en la cabeza de un pintoresco personaje: El mago Magú. Éste me ataba con una cinta a la altura de la nuca; para compensar la escasez en la parte superior me había dejado crecer y llegaba hasta la mitad de su espalda. Mi color castaño claro producía admiración, el mago Magú lo sabía y tenía conmigo un cuidado especial.
Yo estaba orgulloso de ser parte de un personaje tan particular. En la plaza, Magú entretenía a los paseantes con trucos de magia y su humor incomparable. Vestía ropas de colores intensos y una capa roja que resplandecía al sol.
Al final de la jornada el pobre sólo contaba con algunas monedas que apenas le alcanzaban para atender las necesidades básicas.
En una ocasión, de regreso a su casa, pasó por el negocio de un anticuario y éste lo invitó a entrar para ofrecerle una esfera de marfil. El hombre le aseguró que con sus dotes de mago, podría ver dentro de ese objeto el destino de las personas que se lo solicitaran. Con ello ganaría mucho dinero.
Desde ese momento el mago Magú sólo pensaba en la bola y en como conseguir el dinero para comprarla.
Fue entonces cuando se decidió a venderme a un fabricante de pelucas.
El artesano realizó una pieza perfecta. Me colocaron en el mejor sitio de la vidriera. No había calvo que no se detuviera para admirarme.
Lo que nadie podía ni siquiera imaginar era que yo tenía sentimientos como los seres humanos. Añoraba al mago Magú y su divertida manera de vivir. Por esa razón no me agradaba ningún interesado en comprarme. Algunas veces me contraía y en otras me estiraba, haciéndoles creer, al probarme, que no correspondía al tamaño de sus cabezas y desistían de llevarme.
Al cabo de un tiempo, aburrido de permanecer en la vidriera, deduje que desde ese lugar nunca encontraría al mago Magú. Decidí regresar al mundo con el primero que se interesara por mí.
Me compró un rico empresario. Cada mañana, sobre la cabeza del hombre, viajaba hasta las oficinas de la empresa. Pronto me fastidié de escuchar siempre los mismos temas: negocios y dinero. Comencé a planear la huida.
Esperé el momento que el empresario se acercara a la ventana y me arrojé desde el 8º piso. Me enganché entre las ramas de un árbol alto. Aguardaba que pasara una testa sin melena para descolgarme.
Escapando y tentando a los de escasa cabellera, compartí la vida con un profesor de matemáticas que me provocaba tedio con sus interminables cálculos. Después con un panadero con el cual me moría de calor cuando horneaba. También con el acomodador de un cine que siempre salía de la sala en el momento que la película se ponía más interesante.
Hasta que pude escapar de esta última cabeza y esconderme entre las butacas. Me descubrió un niño y me llevó para usarme como casco, para jugar en la plaza con sus amigos.
¡La misma plaza donde trabaja el mago Magú!
Pude ver al mago en el lugar de siempre. Mi alegría fue enorme. Para captar su atención hice cosquillas en la cabeza del niño. El muchacho saltaba tratando de desprenderse de mí; el mago reparó en los movimientos y me reconoció como su cabello. El niño, molesto, me arrojó sobre el pasto. Magú me recogió con emoción.
En su casa, me acomodó sobre la cabeza y se vio muy bien así. Acariciándome, me confesó:
- Perdoname, te cambié por ese objeto inútil; un engaño del anticuario. Sólo era una bola de billar... ni siquiera era de marfil.
Meme